Si la madre adopta una postura protectora ante el niño tímido, protegiéndole de las cosas que lo perturban o calmándole cuando lloran, estos niños tienen más tendencia a seguir siendo tímidos.
En cambio, las madres que pensaban que sus hijos debían aprender a enfrentarse ellos mismos con lo que les perturbaba, sin reforzar sus llantos o preocupaciones, consiguieron hacer perder la timidez de sus hijos en mayor o menor grado. Establecen límites firmes e insisten en la obediencia.
Cambia la neuroquímica de estos niños al ser expuestos continuamente a nuevos obstáculos y desafíos. Mientras que los niños que no superaron la timidez al no enfrentar desafíos mantuvieron los mismos circuitos cerebrales.